“EL AMOR ES EL AMOR”: GUILLERMO DEL TORO

Hace un año, el 20 de Enero de 2018, publiqué esta entrevista en un diario de circulación nacional, pero fue publicada recortada. Un año después corrijo ese error que no estuvo en mis manos, pero también uno que sí lo estuvo, la dedicatoria, a quien por derecho le corresponde: Lucía M. Valle.

Por: Alejandro Leal

(Para Lucía M. Valle)

Guillermo del Toro se adentra en los recuerdos de su infancia que han marcado la pauta de su filmografía, que lo han conducido por un viaje de redención personal a través del cuerpo de su trabajo cinematográfico hasta llegar al presente, dando paso a su pieza más pulida, ese homenaje al amor (por más insólito que éste sea) que es La Forma del Agua, que le hizo merecedor del León de Oro a la Mejor Película en el Festival de Venecia y el Globo de Oro al Mejor Director.

Si hay algo que identifica de fondo a tu trabajo es una latente sensación de nostalgia y pérdida. “Mira, yo creo que cuando quiero hablar de mi infancia siempre hablo con esas dos sensaciones: nostalgia y pérdida. Para mi es totalmente alienígeno el sentimiento de alguien que dice que la infancia fue la época más feliz de su vida. Joder, la mía fue la peor, yo llevo 43 años queriendo olvidar mis primeros 10 años o tratando de recordarlos minuciosamente, a ver si como decía Juan Rulfo si a fuerza de acordarme se me olvidan”.

Ese vistazo mental a su infancia lo lleva a agregar de inmediato: “Fue una infancia muy marcada por un catolicismo de provincia, muy castrante y asfixiante para un niño. Yo realmente encuentro el valor místico y espiritual de la religión absolutamente ineludible e innegable en su mejor caso, pero encuentro la capacidad castradora y torturadora de la religión para la mente de un niño absolutamente apabullante, o sea, cuando a un niño le explicas los conceptos de purgatorio y pecado original y le dices que haga lo que haga por el resto de su vida va a pasar una temporada muy larga entre las llamas del purgatorio por el pecado que hereda de Adán y Eva, bueno te dan ganas de mentarle la madre y salirte del restorán, ¿no?, y decir: yo no compro este menú”.

Entregado al ejercicio del recuerdo, asevera: “Cuando eres niño y no tienes esa capacidad de negar algo que es un dogma que te viene de los adultos, porque el mundo de los adultos es el mundo dador de la verdad cuando eres niño, pues te encuentras con una angustia kafkiana a la edad de 6 años. De repente, al estar preparándote para tu Primera Comunión, estás a los 8 años pensando en las llamas del infierno que son eternas. Mi abuela me lo explicaba con una veladora, me decía: tápala con la mano, entonces la tapaba con la mano y me decía que no la moviera hasta que se apague, y se me quemaba un poquito la mano, me dolía y ya se apagaba, pero decía: así es el infierno, pero para toda la eternidad”.

Exaltado, como seguramente lo estuvo cuando niño ante esta noción, señala: “Entonces me dije pues qué chingados hago, y te digo, ese tipo de tortura trae toda una mitología muy negra, siempre lo místico y lo espiritual lo asocié con cosas muy escatológicas y mortuorias porque por ejemplo yo fui niño de la Congregación Mariana y nos reuníamos cada semana en las catacumbas de una iglesia que se llamaba el Expiatorio, que es una iglesia gótica en Guadalajara, que es algo tan extraño como encontrarte un templo azteca en París, ¿no? Pero ahí está una iglesia gótica, en medio de Guadalajara, y en las catacumbas a veces había lápidas sueltas y veíamos cadáveres sueltos, y luego nos dedicábamos a hablar de la Virgen María, y luego también las figuras que había en las iglesias que yo frecuentaba de niño eran estas figuras del Cristo verdoso, lleno de moretones y sangre, y recuerdo una imagen en particular, que era una santa que se llama el Ánima Sola, que es una mujer ardiendo en llamas y mirando hacia arriba con las lágrimas que le salen de los ojos. Y así te la vas llevando”.

Indudablemente, todas esas imágenes las has sublimado y plasmado en tu cine. “Bueno, todo eso, pero aparte de eso estuve en una escuela jesuita sólo para hombrecitos, que es la experiencia más cercana a la prisión, yo veo las películas de prisión americanas y digo no es nada, yo vi peleas de niños que son más brutales que ninguna pelea de adultos, por que ya sabes, un niño en mitad de un pleito transita de la mano hacia la piedra y de la piedra hacia el palo con clavo en cinco cuadros, y era un segundo, o sea te estás peleando y si tienes a la mano una madera con clavos enmohecidos te agarras a maderazos, y yo vi a niños que los estrellaban de frente contra la esquina de una columna”.

Lo sobrenatural siempre ha sido parte de tu filmografía, de alguna u otra manera. “A la edad de 11 o 12 años yo oí un fantasma. Lo oí, nunca lo vi. Yo era muy amigo de un tío mío que se llamaba Guillermo, me pusieron su nombre, era hermano de mi mamá, hermanastro de mi mamá, y me puso su nombre en honor a mi abuelo y a él. Éramos muy amigos, él me llevaba a ver todas las películas de terror, además me llevó a ver Taxi Driver cuando yo tenía 10 años (ríe entusiasmado), me llevó a ver 2001, me llevó a ver películas que se llamaban El Ataque de los Muertos sin Ojos, El Regreso de los Muertos sin Ojos, me llevó a ver Carne Cruda, una película inglesa buenísima, y me llevó a ver un montón de películas así y de zombies, italianas y de todo, y me enseño un poco de literatura de horror y fantástica, y hablábamos mucho de todo esto”.

Con notorio énfasis, recalca: “Un día me dijo: cuando yo me muera voy a volver para dejarte saber que hay otro mundo, y cuando él murió yo heredé su habitación en la casa de mis padres, y entonces una noche estaba yo haciendo la tarea de Ciencias Sociales viendo un programa de Ricardo Rocha, o sea nada auspicioso para algo fantasmal, y de repente empiezo a oír un suspiro muy profundo y muy triste a medio metro de mi cara, y no me asusto, empiezo a investigar, apago la tele, cierro las ventanas, dejo de respirar un momento a ver si es un eco interno del oído, de la Trompa de Eustaquio (ríe travieso), o alguna cosa extraña, y me doy cuenta que a donde quiera que voy la voz me sigue, entonces me doy cuenta que es un fantasma, me voy corriendo y no vuelvo nunca a ese cuarto, pero lo que más recuerdo de esa voz no es el miedo, sino la tristeza que tenía. Esa idea la plasmé en El Espinazo Del Diablo, que a través de ver repetidas veces a un fantasma empieza dándote miedo y te vaya dando poco a poco tristeza, hasta que al final ya no te da miedo y lo que te da miedo son los vivos”.

¡Claro! Y retomando el asunto de las cargas emocionales de tu infancia, te has ido desafanando de éstas en pantalla. “Me doy cuenta de que voy muy lentamente haciendo terapia ¿no? Decía Camus una cosa muy bonita: el arte es el camino por el que el hombre vuelve sobre sus pasos a las dos o tres imágenes primigenias que por primera vez lo marcaron, y yo ya me siento muy liberado. Ahorita no tengo ningún conflicto con la religión y estoy teniendo menos conflictos con mi infancia. Es un tipo de terapia muy costosa y muy pública”.

Superar tal formación emocional lo llevó a recuperar un recuerdo más, que lo llevó a filmar La Forma del Agua, sublimado por medio de su muy particular manejo del cine fantástico en combinación con una narrativa enfocada en el amor, aderezado éste con una inocente y hermosa sexualidad, en el intolerante contexto de la Guerra Fría.

“A los 6 años era muy precoz. A esa edad vi en la tele El Monstruo de la Laguna Negra y tuve un momento de asombro ante la belleza, un instante de Síndrome de Stendhal, ante una imagen seminal para mí que fue ver a Julie Adams con la criatura nadando bajo ella. Pero también, al final, cuando no terminaron juntos eso fue algo que no me gustó y que ahora corrijo con La Forma del Agua”.

Siendo tal tu amor por los monstruos, que nunca han sido los villanos en tu filmografía, y con esta corrección uniendo de alguna manera a aquella pareja, ¿es ésta una película de amor? “Sí, y es que el amor como el agua no tiene forma (de ahí el título), y decir con inocencia, que no estupidez, que el amor no sabe de lo que se supone debe ser, es sólo enamorarte del otro, al amor no le importa si al ocurrir es de quien no deberías enamorarte, el amor es el amor”.

Guillermo del Toro.

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